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Dime a quién sigues y te diré quién eres

Desde la nobleza de compartir momentos felices con nuestros “seguidores”, hasta la maravillosa ventaja de promover emprendimientos personales, las redes sociales nos ofrecen una amplia gama que va desde la generación de contenido útil, hasta la narcisista validación personal a la que todos nos hemos hecho adictos.
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Hi, my name is Yessi and I’m a socialmediaholic

No puedo evitar sino sentir ansiedad y preocupación ante ciertos perfiles que –confieso– visito. En épocas de cuarentena (y otras más normales) la adicción a las redes sociales –más que permitida, aceptada y comprendida– resulta en la coartada perfecta para justificar nuestra búsqueda de entretenimiento, desahogo y motivación para mantenernos conectados a la vida social que nos está siendo comprensiblemente restringida. Somos seres sociales y nuestra necesidad de pertenecer y resaltar en un mundo de anonimato, nos ha dado un empuje para ser más creativos, originales y arriesgados con nuestro propio contenido.

Queremos proyectar vidas perfectas, belleza inalcanzable, carreras que van viento en popa, relaciones sacadas de un cuento de hadas. Queremos agradar, inspirar, causar admiración, envidia, polémica. ¡Deseamos ser vistos! Investigamos los hashtags que nos den alcance a una mayor cantidad de personas. Nos volvemos expertos en filtros y aplicaciones para editar la fotografía perfecta. Se nos va la vida buscando la aprobación de los demás, los likes. Nos obsesionamos con nuestro big break, ese video que se volverá viral y nos cambiará la vida, ese post que nos hará saltar del anonimato al check azul que nos reafirma que somos alguien entre billones de personas en el mundo. Las redes sociales son una droga socialmente permitida, una herramienta de unión y competencia, un arma de doble filo que tenemos que manejar como a nuestro ego: ¡con precaución!; pero, ¿desde dónde trazamos la línea para nuestra sanidad mental? ¿Cómo separamos la ficción de la realidad? ¿Cómo distinguimos el contenido de la basura? ¿Los influencers de los idiotas?

Amor al odio, y viceversa

Desde hace un tiempo, confieso, tengo una relación de amor y odio con las redes sociales. Salto de un extremo al otro con la facilidad de un atleta olímpico: me debato entre ambos extremos con la fragilidad de mi sentido del humor, fuertes valores morales y autoestima del momento. 

En los días buenos, me emociono de ver los viajes, bodas, nacimientos, proyectos, selfies en el gimnasio y platos exquisitos que abundan en mi feed. Valoro el poder leer las buenas, malas y falsas noticias a las que hacemos eco. Disfruto de la libertad de comentar –y discutir– en los hilos de twitter. El poder estar en contacto con mi gente –llámese “mi gente” desde mi mejor amiga hasta Selena Gómez porque sí, quiero estar conectada con todos–. Chequeo relajada y regalo likes por montón. En los días buenos, solo veo lo positivo; lo cual sería una increíble manera de vivir (¡maravillosa!) pero inestable, porque esa buena vibra se me acaba instantáneamente cuando veo cosas que van en contra de mis propias frivolidades, cuando se irrespetan los límites que considero inherentes al más básico sentido común.

Así, sin poder controlarme, al mejor estilo de Hulk, se me despiertan los demonios y arranca un efecto dominó que me lleva a preguntarme: “¿qué hago yo aquí?”. Esos son los días malos: los días en los que me gana la ansiedad y los reproches. Me convierto en un robot que alimenta compulsivamente sus inseguridades con vidas y perfiles perfectos. Me estreso por el número fluctuante de seguidores en mi perfil. Me paso semanas sin postear nada porque no tengo absolutamente nada que mostrar. Me frustro ante los vídeos de chistes racistas, homofóbicos y misóginos que se llevan millones de vistas porque una peluca lo permite todo. Me cuestiono quién propone retos tan absurdos como lamer un inodoro en épocas de coronavirus –qué asco esto, pero especialmente reprochable ahora–. Me pregunto por qué algunas personas hacen tan poco uso de su cerebro y corazón. ¿Cómo podemos –tanto como influencers y como público– escoger lo que compartimos y seguimos en línea?

“Un gran poder, conlleva a una gran responsabilidad”

El tío de Spiderman se lo dijo, y tenía razón. Esto, en redes sociales, se traduce como: mientras más seguidores tienes, más tienes que reflexionar sobre tu propio contenido (aunque soy fiel creyente de que todos tenemos una cuota de responsabilidad con uno o un millón de usuarios bajo la manga, pero hablaremos de esto más adelante). No soy influencer, ni quiero serlo. Soy artista: actúo, escribo y produzco. Soy periodista: escribo, critico y comparto con humildad lo que sé porque me siento responsable de hacer este vómito moral que a veces me pega. Tengo alrededor de 2,000 seguidores en Instagram que suben o bajan dependiendo de su humor (y el mío), 2,000 amigos en Facebook que he logrado mantener personal, y otros 2,000 y tantos en Twitter que aún me siguen porque en algún momento trabajé como animadora de televisión en mi país y, en ese entonces, era la única red que existía. Me he salvado de abrir un Snapchat y Tik Tok porque no los entiendo, y lo poco que he visto me da dolores de cabeza. 

Me he preguntado cómo hemos llegado a estos extremos en los que la vanidad ha reclamado el protagonismo de nuestras redes, cuándo nos empezó a gobernar la ignorancia y el mentepollismo, qué fue lo que detonó esta obsesión con la popularidad, a quiénes hemos puesto en una palestra y por qué, especialmente POR QUÉ, seguimos consumiendo todo esto. 

¿Por qué millones de personas deciden seguir las aventuras de un chico que hace un vídeo burlándose de los suicidios que ocurren en un bosque? ¿Por qué hacemos viral el video sexual que una pareja grabó en la intimidad de su hogar? ¿Por qué aceptamos hacer retos tan absurdos y desagradables para conseguir vistas? ¿Por qué damos la vida por un selfie? ¿Por qué aplaudimos conductas reprochables que solo traen polémica? ¿Por qué los medios le dan plataforma a los peores ejemplos de la sociedad? ¿Por qué somos así?

Son ustedes, y soy yo

Yo no me salvo de ésta. Hablo de ustedes y de mí: todos somos parte del problema. La presión por ser exitosos y resaltar a juro en un mundo con billones de personas en el mismo plan no es tarea fácil. La decisión de popularizar nuestro contenido a costa de lo que sea nos hace darnos cuenta de que, después de todo, el fin no justifica los medios. Entiendo –porque lo vivo día a día, como actriz, casting tras casting– el poder de tener millones de personas que nos siguen (sí, a veces le dan el papel al que tiene más seguidores, y no al que tiene más talento). Para ser justos, nos pasan muchas cosas: se trata del atractivo de ganar dinero fácil, la tentación de siempre estar en el ojo del huracán, la presión de que no nos olviden, el poder de influenciar, la comodidad de hacerlo todo con un click, las miles de puertas que se abren porque sí, es el ocio, es el chisme (que a todos nos gusta), la curiosidad y el fanatismo, los que nos llevan a tomar muy malas decisiones. Es bastante fácil sucumbir ante los encantos de las redes, pero es muy posible lograr grandes cambios con pequeñas acciones para crear un mundo más genuino, que haga menos daño.

Pequeños pasos, grandes cambios

Todos somos seguidores porque todos consumimos y todos somos influencers porque todos sabemos algo que los otros no. Ahí está la belleza de nuestra presencia en las redes: todos somos únicos y tenemos algo que ofrecer, pero se trata de compartir algo nuestro que, de una u otra manera, tenga un impacto positivo en la sociedad. Desde el comediante que hace reír cuando más lo necesitamos, la youtuber que comparte sus secretos de maquillaje, la experta en fitness que nos regala sus truquitos, los chefs y amantes de la cocina que ofrecen sus recetas, los médicos con sus tips de salud, el emprendedor con sus charlas motivacionales, el periodista con sus podcasts, los atletas con sus deportes, los viajeros con sus recomendaciones, los músicos con sus canciones: todos, absolutamente todos, tenemos algo que aportar. Por mucho o por poco, todos somos expertos en algo. Muchos no lo han encontrado, algunos lo están trabajando, otros ya lo están compartiendo. Se trata de poner algo allá fuera que marque una diferencia. Antes de compartir tu contenido, pregúntate: ¿qué estoy buscando con esto? ¿Es útil, necesario, grato o importante para mí?

  • Útil es cuando la información que estás subiendo puede ser relevante para alguien en algún lugar: fitness, maquillaje, ejercicios, moda, cine, tv, radio, música. Todos necesitamos de todo, y todos necesitaremos recurrir a este “algo” en algún momento. Cada uno de nosotros es valioso y tiene conocimientos que aportar y compartir, opiniones, vivencias. No hay nada mejor que ver el canal de una persona que sabe de lo que habla y comparte su experiencia.

  • Necesario es cuando es imprescindible su conocimiento: –por ejemplo, hoy en día, todo lo relacionado al Covid-19– temas de salud, política, economía, seguridad, noticias que nos afecten directamente y sea indispensable que estemos informados del tema. 

  • Grato es cuando su contenido no es cruel, ni hace daño, ni ocasiona la reproducción de comportamientos inapropiados y desagradables –y, por favor, no me mal entiendan, pero para este punto es necesario el sentido común–. El vídeo de un chico burlándose de los suicidios en un bosque no solo no es grato, sino inhumano, repugnante y despiadado. Los retos que involucran lamer inodoros, inducir a una persona al desmayo a través de la asfixia, prenderte en fuego o hinchar tus labios para lucir como los de Kylie Jenner no son gratos, son bastante estúpidos y peligrosos. Y ejemplos como estos tenemos miles, y podrían ser material para un artículo entero. Antes de hacer algo, aplica las reglas básicas del trabajo en escena del actor: no te dañes, no dañes al otro –humano u animal–, no dañes al medio ambiente. 

  • Importante es todo lo que a ti te llene: las fotos de tus mascotas en el sofá, el vídeo de los primeros pasos de tu bebé, bodas, graduaciones, proyectos, salidas, amigos y parejas son absolutamente bienvenidas y disfrutadas por la gente que te quiere y que te sigue –¡me incluyo!–. Me gusta ver la felicidad de los míos, solo no nos olvidemos de vivir en el aquí y el ahora, en lugar de estar pegados a una pantalla 24/7. 

 

Queremos vernos en el otro

Hay una muy buena razón por la cual las campañas con gente “real” cobran más y más popularidad hoy en día. Hay otra muy buena razón por la que las charlas sobre depresión y ansiedad se han vuelto más relevantes. Ahora más que nunca, las celebridades se han abierto a compartir momentos oscuros personales con sus fanáticos, influencers han hablado sobre cómo su salud mental ha sido afectada por sus redes. Ya muchos estamos cansados de ver perfiles sin contenido, filtros que distorsionan a la persona real, construcciones falsas de vidas perfectas que no existen. Sí, existe gente ridículamente espectacular; sí, existe gente privilegiada en todo el mundo; pero todos tenemos malos momentos, todos pasamos por una mala racha. No se trata de convertir a las redes es nuestro paño de lágrimas, sino de ser un poco más genuinos y honestos con lo que compartimos: lo bueno y lo malo. Quizás compartir esos momentos le daría una dosis de realidad a la quimera que vivimos en la pantalla. Todos queremos pertenecer y vernos en el otro. Se trata de expandir la frontera de lo que está tácitamente permitido, de ampliar el acuerdo moral de perfección que todos hemos firmado. 

¡Eres suficiente!

La imperfección es hermosa: nuestras cicatrices, nuestros defectos. Ver esos detalles que nos definen me parece único y precioso; que lo compartamos, lo es aún más. Es abrir la puerta para hablar de los problemas, es normalizar las cosas que son normales, es olvidarnos de mantener esa imagen inmantenible. Esas son las cosas que quiero seguir, esa es la gente que quiero ver: gente real, preciosa, imperfecta; contenido útil, benévolo, personal. Sin importar el número de seguidores que tengamos bajo la manga, lo que publicamos es visto por alguien que se verá afectado de una u otra manera: las imágenes hablan; las palabras, pesan. Todos somos influencers, grandes o pequeños, asegúrate de que eso que estás lanzando al mundo tenga un impacto positivo. Todo lo que nos rodea es una creación colectiva, procura que tu parte sea fuerte, verdadera, buena. 

Y para cerrar este vómito verbal personal, quiero compartir con ustedes algunas cuentas que he seguido en los últimos años y que me han encantado por su contenido original, inspirador y divertido. Espero que las disfruten tanto como yo. 

Instagram:

@Hellofears de Michelle Poler: una cuenta dedicada a cómo enfrentar tus miedos y usar lo que sabes a tu favor. La creadora escribió un libro que está pronto a lanzarse, y da conferencias alrededor del mundo sobre el poder de dominar tus miedos. 

@goodnews_movement de Michelle Figueroa: una cuenta dedicada a compartir todas las buenas noticias que ocurren alrededor del mundo. Me he aferrado a esta cuenta en tiempos de Corona Virus, pero la considero necesaria en el día a día por su contenido inspirador y enternecedor.

@thedodo es una de mis páginas favoritas en el mundo. Si eres amante de los animales como yo, y quieres babearte con las ternuras que comparten día a día, es una página que debes tener en tu feed.

@humansofny ha sido pionera de otras páginas de seres humanos que comparten sus historias alrededor del mundo. Su contenido es impecable, comparten fotografías de gente real que cuentan sus historias de vida. 

@francoisdourlen es un fotógrafo y cineasta francés que hace divertidos montajes con fotografías reales y otras imágenes superpuestas que completan perfectamente el concepto.

Facebook:

The Bitchy Waiter: si alguna vez has trabajado en la industria de la comida, The Bitchy Waiter te va a traer increíbles anécdotas y sketches de comedia que te harán llorar de la risa. También, su contenido –en inglés– enaltece el trabajo de los meseros y ha desarrollado discusiones acerca de temas sociales que afectan a la industria alimenticia de Norteamérica.  

Muy Interesante: es una página con contenido noticioso y actual sobre curiosidades históricas, naturales, artísticas, sociales, políticas y de salud. ¡Es como si la National Geographic, el History Channel y Rippleys hubiesen tenido un hijo digital!

College Humor: el rey de los memes y la cultura pop norteamericana hecha comedia. Similar a 9GAG. ¡Tenemos que seguir algo que nos haga reír!

Twitter:

@Lin_Manuel: Si quieren leer a alguien con mucho talento, creatividad y que inspira en cada tweet, no pueden dejar de seguir a Lin-Manuel Miranda.

@senoracatolica: Hablando de ser políticamente incorrecto, esta cuenta –desde la parodia–, critica a la sociedad, la gente extremadamente conservadora y temas de interés actual. Hasta yo, que soy católica, lo encuentro muy divertido. 

Youtube:

@TheEllenShow: Ellen Degeneres es una de las mejores presentadoras de televisión del mundo: creativa, graciosa y filantrópica. Si disfrutas del medio del entretenimiento, chequea su canal en youtube con contenido de calidad y con propósito, extraído de su programa en vivo. ¡Puedes activar los subtítulos y disfrutar de sus bromas y entrevistas en español!

@ScreenJunkies: Un canal en inglés que, con bromas y humor inteligente, comentan las películas más taquilleras –y otras no tanto– para el público.

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