Fiel a su título, Liberation (en español: liberación) es un retrato de los esfuerzos que un grupo de mujeres emprende en pro de la liberación femenina durante los años 70. Si bien la premisa pudiera sonar como otro interminable y adoctrinante discurso, la dramaturga Bess Wohl logra un equilibrio divertido y testimonial que refleja fielmente los cambios que se han efectuado en esta materia durante los últimos 50 años.

El relato comienza cuando Lizzie (interpretado por Susannah Flood) toma el proscenio para explicar que se ha embarcado en la proeza de recuperar los pasos andados de su madre, quien fuera pionera del periodismo local en una remota población del estado de Ohio. Con este punto de partida, Lizzie romperá la cuarta pared para hablar con el público en la actualidad y, al tiempo que transcurren las escenas, asumirá el rol de su madre en el pasado.

En Liberation, Wohl da voz un variopinto grupo de siete mujeres conformado por arquetípicos personajes del momento: Margie, una tradicional ama de casa de edad avanzada; Dora, una joven y sensual asistente contable; Celeste y Joanne, un par de afroamericanas profesionistas; Isadora, inmigrante italiana en espera de su residencia y Susan, miembro del colectivo LBTQ+, muy liberal aunque desempleada. Todas ellas convergen semanalmente en una cancha deportiva para conocerse y procurar que sus derechos más básicos sean reconocidos por el apabullante heteropatriarcado setentero. Así que poco a poco se irán conociendo los avances en las vidas de cada una de las personalidades que componen la agrupación.
La dirección de Whitney White, quien ya estuvo en Broadway con el montaje de Jaja’s African Hair Briding, mantiene un ritmo vertiginoso que no permite que el interés decaiga. Es más, propicia que la compenetración de la audiencia se tal que en repetidas ocasiones se escuchan sus reacciones en voz alta. Y es precisamente esta atinada dirección la que permite que la escena donde todas las protagonistas aparecen desnudas en el escenario tenga un contundente y conmovedor impacto en los asistentes. Aquí es cuando se entiende por qué el teatro es tan exigente al obligar a que se apaguen los teléfonos celulares y se depositen en una bolsa sellada magnéticamente que solo se puede abrir una vez terminada la función.

El acierto de la dramaturgia de Wohl en Liberation reside en su sinceridad al plantear las contradicciones que sus personajes experimentan en esta pugna por la igualdad de género. Margie está atrapada en un matrimonio sin salida; no tiene escapatoria pues no sabe conducir un auto y depende de su marido para que la lleve a las reuniones feministas; tampoco posee una cuenta bancaria a su nombre y lo que es peor: en esos momentos era inimaginable que se convirtiera en la propietaria de una casa… Así que solo puede imaginar que asesina a su esposo. El caso de la madre de Lizzie podría ser peor: ella termina confesando a su grupo que dejará todo en Ohio para irse con su marido a vivir a Nueva York, donde educará a su primer hijo y, cobardemente, no había podido revelar este secreto a su grupo femenino… Temina convirtiéndose en aquello contra lo que había intentado revelarse.

Es conveniente decir que Liberation mantiene un discurso necesario en estos días donde, increíblemente, aún existen oídos necios a lo que se tienen que gritar estas verdades y también es un termómetro que permite medir los grados de avance (ya pocos, ya muchos) para subsanar una fiebre que la humanidad sigue padeciendo. Y valga como muestra la emotiva reacción que este montaje genera entre la audiencia femenina y la vergüenza que experimentan algunos de los miembros masculinos en el teatro.










