El público de The Other Place no es immune al desasosiego de sus personajes. A lo largo de toda la presentación se escuchan murmullos con reacciones acalladas y suspiros reprimidos que derivan de los diálogos y la intensa situación que en escena se plantea. Un indicio inequívoco de que la historia y sus intérpretes están trastocando al asistente.

Y cómo no van a conseguirlo si el escritor y director, Alexander Zeldin, ha recurrido a un relato mítico que ha cautivado la sensibilidad humana desde los tiempos de la antigua Grecia: Antígona y su pugna por darle un digno sepelio a su desventurado hermano. Solo que ahora en The Other Place el conflicto se desarrolla a las afueras del Londres contemporáneo y no en un palacio, sino en una residencia bajo remodelación donde los miembros de una familia han decidido reconstruir su vida tras la pérdida moral.
En la modernizada versión de Zeldin: Antígona es Annie (Emma D’Arcy); Creonte es Chris (Tobias Menzies); Ismene, hermana de Antígona, es Issy (Ruby Stokes); Eurídice, la esposa de Creonte, se llama Erica (Lorna Brown); Hemón, hijo de Eurídice, es Leni (Lee Braithwaite) y Tiresias, originalmente un oráculo pero aquí es un amigo llamado Terry (Jerry Killick). El cambio primordial radica en que Chris es ahora el jefe de la familia y tío de Annie; en la historia de Sófocles, Creonte era el rey y Antígona buscaba dar un entierro digno a su desacreditado hermano Polinices, desafiando un decreto real.

En The Other Place, el padre de Annie era el hermano de Chris y luego de una larga ausencia la joven ha vuelto a la casa familiar justo en el día en que las cenizas del difunto serán esparcidas en un parque local. Las voluntades del tío y sobrina se contraponen y alcanzan su punto más álgido cuando Annie extrae de la urna las cenizas de su padre. Este acto de rebeldía detonará el cisma familiar que confrontará a los protagonistas y terminará en el consabido desenlace fatal.

La adaptación y dirección de Zeldin es efectiva y deslumbra por el acertado uso del peculiar espacio escénico con el que cuenta The Shed. Sobre el proscenio hay suspendido un panel gigantesco que baña de luz la interacción (y el destino) de los personajes; mientras que el fondo del escenario se mantiene en penumbra, oscurecido con las sombras del pasado que solo Annie se atreve a explorar. El diseño de la iluminación está a cargo de James Farncombe y un aspecto que vale resaltar es la musicalización que intensifica los ominosos sucesos, loable labor del compositor Yannis Phillippakis que logra destacar y desquiciar con sus sonidos.
Al público conocedor de la historia de Antígona, la fatalidad no le tomará por sorpresa; en especial porque Zeldin ha reducido considerablemente el número de muertes en The Other Side. Pero lo que sí puede desconcertar al asistente poco aguzado es la raíz del conflicto entre tío y sobrina, que solo se devela hasta el final de la obra.

De acuerdo con Zeldin “la tragedia moderna radica en los efectos y consecuencias del sufrimiento silencioso” y enfatiza que lo verdaderamente trágico en nuestros días es la desconexión que se tiene con el sufrimiento de los demás. Y este desinterés se manifiesta en todos los personajes, con excepción del inocente Leni quien por su juventud es el único capaz de sentir empatía por el dolor de su prima.
The Other Side pone de manifiesto la nueva visión inglesa al reinterpretar los clásicos griegos y adaptarlos al acontecer contemporáneo: vibrante e intensa, tal y como se observó en el reciente montaje en Broadway de Oedipus, del director y adaptador Robert Icke.









