Desde su primer encuentro con Anselm Kiefer en la Selva Negra en 1990, Marc y Livia Straus entendieron que el arte sería, para ellos, una experiencia vital antes que una inversión. La obra Sefirot marcó un punto de inflexión no solo por su fuerza estética, sino por el intenso intercambio intelectual y espiritual que se produjo entre Livia y el artista, un rasgo que define su manera de coleccionar.
La colección de los Straus se ha construido a partir del contacto directo con los creadores y de la convivencia cotidiana con las obras. Su casa en Chappaqua, Nueva York, es testigo de décadas de visitas a estudios, conversaciones profundas y decisiones tomadas por instinto. Para ellos, vivir con el arte es una forma de aprendizaje constante y una condición indispensable para adquirir una pieza.

Sus inicios como coleccionistas fueron modestos y disciplinados. Comprar una sola obra al año les enseñó paciencia, rigor y compromiso. Desde la adquisición temprana de una pintura de Kenneth Noland hasta el decisivo esfuerzo económico que supuso una obra de Ellsworth Kelly en los años setenta, cada elección fortaleció su apetito por el riesgo y la reflexión a largo plazo.
A lo largo del tiempo, los Straus no solo reunieron obras, sino que impulsaron carreras artísticas. Su apoyo a figuras como Jeffrey Gibson, Susan Rothenberg o Adrian Ghenie demuestra una confianza temprana en talentos emergentes, incluso cuando estos aún carecían de reconocimiento institucional o respaldo económico sólido.
Esa vocación de compartir el arte los llevó a crear espacios más allá de su hogar, como el Hudson Valley MOCA, ya fundar la galería Marc Straus, dedicada a artistas vivos y propuestas poco convencionales. Hoy, su colección y su trabajo reflejan una vida entrelazada con el arte, donde memoria, compromiso y generosidad cultural conviven de manera inseparable.
Créditos: artsy.net









