Con un telón a medio abrir que solo permite ver las piernas de las actrices aunque la audiencia puede escuchar toda su conversación, La Lazarilla inicia su función planteando un diálogo metadiegético: el público se entera de lo que sucede tras bambalinas antes de que la historia de la protagonista haya siquiera comenzado.
Con esta audaz propuesta, la directora Carla Nyman propone al público una relación que va más allá de la historia de Lázara de Tormes. La audiencia es advertida de que las dos experimentadas actrices en el escenario se disponen a contar una versión de los hechos que la hegemonía patriarcal se ha empeñado en soslayar: la conocida historia de El Lazarillo de Tormes pudo haber sido escrita por una mujer y su protagonista bien podría ser una mujer que deseaba conservar su anonimato dentro de tan rígida sociedad.

Nyman se permite un lúdico momento donde las actrices, que insistentemente explicitan haber dejado atrás su lozanía, reciben una llamada suya donde les deja claro que su reinterpretación de este clásico es muy necesaria en estos atribulados tiempos modernos: la historia debe romper con tabúes sexistas y de edad, y desligarse de atavismos religiosos y morales para decantarse por la verdad. Una vez puestas las cartas sobre la mesa, las actrices Soledad Mallol y Pepa Pedroche comienzan a narrar las picarescas andanzas de la joven Lazarilla, convirtiendo el mítico viaje del héroe en un derroche de humor con infalible timing y vis cómica.

La equilibrada modernización del texto por parte de Eduardo Galán, autor español que se ha especializado en trasladar los clásicos al contexto contemporáneo (como Casa de muñecas, La Celestina o Los bandos de Verona, entre otros), permite degustar el uso antiguo del lenguaje y juguetear con elementos actuales que vinculan a la audiencia al contexto de escuderos, hidalgos y maravedís. La propuesta de dramaturgo y directora es una transformación de tiempo y espacio pero también de género, tanto literario como humano: los personajes son ahora mujeres, aquello que fue narrativa es ahora diálogo directo.

Por otro lado, el acertado uso que Nyman hace de las teatralidades permite que la obra fluya durante 90 minutos sin tropiezo alguno. Es gracias a esto que el público se deleita con juegos de sombras en algunas escenas y otras con modernas proyecciones que transmiten el sentido del viaje de la protagonista; un viaje con características míticas que terminará convirtiendo a la joven en una mujer que si bien dista mucho de ser una heroína, sí logra consolidarse como una representante emblemática de su tiempo. Mención especial merece la musicalización que termina contagiando a toda la audiencia de Felicidad, pues se usa como leitmotiv el tema que Al Bano y Romina Power hicieran famoso allá por la década de los noventa.
Durante la función el público se entregó irrestrictamente a la complicidad propuesta por las actrices, fenómeno poco usual presenciar un entusiasmo tan efusivo. Sirva esto como referente para demostrar que un montaje sencillo siempre será bien recibido debido a la entrega, talento y honestidad con que se presente en el escenario.










