Revivir una obra de teatro para traerla a cartelera siempre es un proyecto titánico que conlleva reformulación, reinterpretación o recreación y solo en contadas ocasiones este reestreno termina superando al montaje original. Desde luego, tal empresa es fundamental para que las nuevas generaciones se familiaricen con autores y textos de otro tiempo.
Pero en Nueva York y Londres ha sucedido un fenómeno extraordinario con Andrew Lloyd Webber, un autor que está convirtiendo la reposición de sus musicales en una auténtica resurrección creativa. Masquerade es un replanteamiento de El fantasma de la ópera que ha transformado por completo un edificio de Midtown para convertirlo en el recinto que alberga este innovador espectáculo teatral. Si bien continúa siendo la misma historia, Masquerade redimensiona al exitoso musical con una propuesta de inmersión y discurso escénico pocas veces explorado en un montaje del Off-Broadway.

Para vislumbrar lo que sucede en Masquerade se debe explicar que, diariamente, hay seis funciones y que a cada show solo puede asistir un máximo de 60 personas. Esta limitante espacial implica que la producción tenga diferentes elencos (al menos de los personajes principales) para cada función que además comienzan con una separación de 15 minutos. A las afueras del edificio, los asistentes se forman y se les permite el ingreso solo cuando su show está por empezar.
Una vez dentro del edificio, los grupos nunca se topan gracias a un ejército de anfitriones que hábilmente dirigen el recorrido. Puesto que se trata de un grupo reducido, la cercanía e interacción con el público genera un ambiente de complicidad entre asistentes y elenco que juntos recorren los diversos salones del edificio que brindan los ambientes para cada escena y cuadro de la historia. En algún momento, el grupo es dividido en dos y cada parte acude a salones más pequeños para luego juntarse a ver las escenas más grandes.

De esta manera, la historia de Masquerade avanza como si se tratara de una atracción en un parque de diversiones, imagine el lector un recorrido semejante a esas casas del terror o cualquier juego de Disneylandia o Six Flags. Conforme la audiencia va conociendo aspectos del Fantasma, Christine o Raúl, también va descubriendo los salones y pasadizos del recinto, todos ellos adornados a fin de recrear la Opera Populaire de París. Así que todos, público e intérpretes van a subir escaleras, ya sea de servicio, de caracol o eléctricas para llegar a diversos ambientes: alcobas, camerinos, túneles o el teatro principal.
Una característica principal de Masquerade es el avanzado sistema tecnológico que se emplea para el sonido: micrófonos inalámbricos que funcionan a través de los muros y omnipresentes bocinas que permiten escuchar en todo momento las pistas musicales. Sin embargo, el montaje no está exento de fallas técnicas que siempre son subsanadas con el talento de los intérpretes que terminan sus canciones a capela, brindando un íntimo concierto poco común en los circuitos profesionales neoyorquinos.

Masquerade está dirigido por la experimentada Diane Paulus, encargada de éxitos en Broadway como The Gershwin’s Porgy and Bess, Hair y Pipin; que también dirigió Amaluna para Cirque du Soleil y The Donkey Show en Off-Broadway. Una vez que se conoce la trayectoria de Paulus se puede entender que su propuesta en Masquerade esté influenciada por diversos géneros de las artes escénicas.
Paulus y su equipo creativo se han permitido ciertas licencias para contar la historia del Fantasma: incluyen aquella pieza compuesta por Lloyd Webber para la versión cinematográfica del musical. Alteraron también el orden de los números musicales, para que el primero sea el deslumbrante baile de la mascarada. E incluyen también la magia del circo. Pero lo que más deslumbra de Masquerade es el eficiente uso de los recursos teatrales tradicionales, no hay ni uso ni abuso de realidad virtual o cualquier otro efecto tecnológico. Se trata de teatralidad es el más estricto y puro sentido mecánico.

Al final, el tour-show concluye con una parada final en el bar del lugar donde los asistentes pueden tomarse fotos en lo que asemeja las catacumbas parisinas. El público termina extasiado por haber vivido una experiencia teatral más allá de lo tradicional: Masquerade es un montaje que se quedará en su memoria para siempre porque ha estimulado todos sus sentidos.
Como comentario adicional, todo indica que Masquerade se convertirá en un semillero para las próximas figuras de Broadway. Que iniciarán en este montaje que los convertirá en artistas con una sensibilidad diferente y eso, tendrá un impacto en los grandes escenarios… habrá que esperar esos resultados.










