Jacqueline Guillen y la compañía (Foto: Joan Marcus)
Jacqueline Guillen y la compañía (Foto: Joan Marcus)

Torera: una dimensión femenina de la tauromaquia

Torera, la aventura de una joven aficionada a la fiesta brava se presentó en el WP Theater del Upper West Side de Manhattan.
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En palabras de su directora, Tatiana Pandiani, Torera es una gran metáfora del universo femenino cuyo mensaje trasciende la práctica de las corridas de toros. Y la premisa se valida porque esta historia plantea no solo el eterno cisma entre hombre y mujer, también refiere los conflictos derivados de las clases sociales, los roles asignados por un heteropatriarcado y aquellas expectativas empeñadas en mantener el statu quo de la sociedad que conforman.

 

Jacqueline Guillén y Jared Machado (Foto: Joan Marcus)

Desde su inicio, Torera narra en paralelo la vida de sus dos protagonistas: Elena María Ramírez (Jacqueline Guillén) y Tanok (Jared Machado). Jóvenes apasionados por el arte de la lidia que han crecido en la misma residencia ubicada en Mérida, Yucatán; aunque en condiciones diferentes, ella es la hija de la sirvienta y él, el primogénito del dueño. Su pasión por los toros les mantendrá unidos a lo largo de la obra, desde sus entrenamientos adolescentes, pasando por su amorío clandestino, hasta su debut como profesionales en los ruedos más pretigiosos de México.

Pero la historia creada por Monet Hurst-Mendoza no es un cuento de hadas, es una tragedia que termina con sangre y arena. La dramaturga rinde tributo a sus orígenes mexicanos y a aquellas toreras aztecas que desafiaron el dominio machista en la tauromaquia: Ana María de Guadalupe y Nava Castañeda (en 1725) e Hilda Tenorio, quien tomó la alternativa en la Plaza México en 2010. Este proyecto de Torera ha evolucionado a lo largo de diez años, se gestó en el Public Theater, se trabajó en un taller durante 2022 y se estrenó en el Alley theatre de Houston, Texas.

Jacqueline Guillén (Foto: Joan Marcus)

En una admirable labor colaborativa, Hurst-Mendoza y Pandiani mantienen una impresionante fidelidad a la mexicanidad. Teatralidades como la escenografía, el vestuario y la musicalización denotan una atención a los detalles: las versiones de las canciones son acertadas, pues incluyen a Piensa en mí de Agustín Lara interpretada por Chavela Vargas o las alegres piezas de Juan Gabriel en la radio. Incluso los anuncios dentro de las plazas de toros hacen referencia a productos muy mexicanos como el chocolate en polvo, Choco-Milk.

Jacqueline Guillén y Jared Machado (Foto: Joan Marcus)

Su protagonista, Jacqueline Guillén, una actriz que creció y se formó en la frontera de Matamoros y Brownsville, refirió que estrenar Torera en Nueva York brinda a la audiencia local la oportunidad de acercarse a obras con temática mexicana que en esta región son poco frecuentes. Y tiene razón, el mosaico hispano neoyorquino se enriquece de muchas nacionalidades, aunque las temáticas que prevalecen son aquellas de las comunidades más numerosas. Sin embargo, la directora que es de origen argentino, también expresó que cuando aborda historias latinoamericanas siempre se esfuerza en reflejar a los países de una manera fidedigna que allegue al público estadounidense una idea menos ficcionalizada de la realidad hispana.

Jacqueline Guillén y Jared Machado (Foto: Joan Marcus)

Mas lo que enamora de Torera es la belleza de sus elementos dancísticos.  Su cuerpo de baile también forma parte de la historia, sus bailarines (Christian Jesús Galvis y Andrea Soto) se transforman en los animales que se requieren en el montaje: caballos y toros. La brillante propuesta de Pandiani, quien también lleva el crédito de coreógrafa, eleva a la pieza a una categoría de teatro en movimiento o danza teatral, una coreografía que armoniza las transiciones temporales inyectándolas de dinamismo. Los bailes son también expresión del ambiente emocional y premoniciones de peligro dentro de la narrativa escénica.

Desde luego, el cuadro actoral que completa Torera es una de las fortalezas del montaje, la madre y sirvienta Pastora es interpretada por Elena Hurst; mientras que al tiránico padre y patrón lo encarna Jorge Cordova. Al final de la obra, el teatro se ha convertido en una arena cuyo público ondea pañuelos blancos pidiendo que sus toreros corten dos orejas y rabo, el máximo triunfo para un matador.

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