En la España de finales de los años 60, el nombre de Marisol evocaba de inmediato la sonrisa de la niña prodigio de la canción patria. Sin embargo, al otro lado del Atlántico, otra Marisol (nacida Marisol Escobar) lograba lo impensable: consagrarse como una de las figuras más magnéticas, misteriosas e influyentes de la vanguardia neoyorquina, llegando a rivalizar en fama con el mismísimo Andy Warhol. Tras décadas de una injusta indiferencia mediática, el Centro Botín de Santander inaugura «Cuando todo está por comenzar», la primera retrospectiva mundial centrada exclusivamente en sus íntimos y rompedores dibujos.
La muestra, comisariada por Laura Vallés, busca rescatar la obra de esta creadora nacida en París de raíces venezolanas. A pesar de haber representado a Venezuela en la Bienal de Venecia de 1968 y de ser una de las poquísimas mujeres seleccionadas en la histórica Documenta IV de Kassel, la historia del arte oficial relegó su nombre a un discreto pie de página frente a sus coetáneos masculinos como Jasper Johns o Roy Lichtenstein.
El refugio secreto detrás de la escultura
Aunque a Marisol se la recuerda principalmente por sus ensamblajes escultóricos en madera y sus figuras totémicas con su propio rostro, el dibujo constituía su espacio de máxima libertad. Según explica Vallés, el papel funcionaba para ella como un “lugar seguro” donde ensayar temáticas complejas de manera íntima, lejos de la presión de los focos y de la intimidación que le producía su propio estatus de celebridad.
Una de las grandes joyas de la exposición es un cuaderno de bocetos que permaneció perdido durante décadas, oculto bajo la moqueta de un armario en su estudio de Nueva York. Los 16 dibujos recuperados que lo componen, realizados en gouache entre 1958 y 1960, sorprenden por una frescura y modernidad gráfica que parece concebida en pleno siglo XXI.
El enigma de la “Greta Garbo latina”
De belleza aristocrática y elegancia natural, la prensa estadounidense de los sesenta —incluyendo cabeceras como Life, Time y The New York Times— la bautizó como la “Greta Garbo latina”. El trauma del suicidio de su madre cuando ella tenía solo 11 años la sumió en un mutismo crónico; Marisol hablaba muy poco y prefería expresarse con un arte cargado de ironía, ecologismo temprano y críticas veladas a los clichés de género de la época.
Su profunda amistad con Andy Warhol, con quien compartía un carácter reservado y distante, la llevó a protagonizar varios de los cortos cinematográficos del rey del pop art. La muestra del Centro Botín arranca precisamente con Marisol Exhibition (1964), una pieza de tres minutos rodada por Warhol en la que la artista posa casi inmóvil junto a sus creaciones.
Una creadora de espaldas al mercado
A contracorriente del sistema, Marisol nunca dudó en abandonar el éxito comercial cuando este amenazaba su libertad creativa. Tras triunfar en la mítica galería de Leo Castelli, huyó de la presión mediática hacia Europa. Más tarde, en la cúspide de su carrera a finales de los 60, se retiró al sudeste asiático para conectar con la naturaleza y el buceo, una etapa que transformó su obra hacia motivos acuáticos, paisajes eróticos y hombres-pez que desconcertaron a un mercado que solo deseaba que repitiese su fórmula pop.
A diez años de su fallecimiento, esta retrospectiva en Santander no solo recoloca su obra en el mapa institucional que merece, sino que invita al espectador a descubrir la dimensión total de una creadora radical y extraordinaria que se negó a ser domesticada por las modas.










