Fotografía por Fernando Gazzaniga
Fotografía por Fernando Gazzaniga

Tarjeta roja para…

La oferta gastronómica de la ciudad de nueva York es posiblemente inigualable.... De todo y para todos... Y, aunque me considero un comensal que se adapta a casi todo, esta vez, un simple plato marcó la diferencia. ¡Hablemos claro!
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No siempre salen las cosas como uno las ha pensado… O muchas veces uno pone expectativas en algo que no resulta…. Así sea en una relación de amor como en una salida a cenar, uno tiene –salvando las diferencias y los tiempos claro– que procesar la tristeza de aquello que no funcionó.

Una vez más, haciendo una salvedad del caso y quitándole al tema dramatismo (aunque a los argentinos nos encante el drama) debo reconocer que hoy saco mi tarjeta roja por primera vez, desde que empecé a escribir estas columnas…

Todo empezó allá por el final de mayo cuando empezaron poco a poco los locales neoyorquinos a recibir clientes… Un domingo, de paseo por la zona de Gramercy Park, veo este restaurante llamado Barbounia justo en la esquina de calle 20 con Park Avenue que me encantó (¡en términos estéticos me refiero claro!)

Manteles blancos en las mesas, sillas de enrejado de madera como si fuera una terraza italiana, preciosas sombrillas blancas para cubrirnos del sol…. Y gente en sus mesas, lo cual invitaba poco a poco a retomar esa “normalidad” que sin pensar habíamos perdido aquella primera quincena de marzo….

Como el lugar se mostraba “elegante” (y por ende quizás un poco más costos de lo normal) me dije: “qué mejor que venir a disfrutar de un buen brunch” porque, por lo general, las terrazas llenas de gente se concentran al caer la tarde y no al mediodía….

Por un motivo u otro fueron pasando los días y el plan se fue posponiendo hasta que, finalmente, hace dos fines de semana, ese ansiado brunch se concretó.

Al llegar, los cálidos meseros dispusieron de todo su encanto para darnos la mejor mesa posible, y si no era la que uno quería, al menos “ayudarnos” con esos extras que uno pide como por ejemplo poner una madera en la pata de la mesa para evitar el vaivén propio de las veredas rotas de la ciudad…

Resuelto el tema del balance de la mesa, me dispuse a leer la carta y como suele suceder en muchas de las cartas de brunch, TODAS las opciones del menú eran con base de huevos.

Huevos benedictinos, huevos revueltos, homelet, fritata… etc, etc… Yo encantado, pero ¿SOLO HUEVOS? ¿Y si uno es alérgico? (por ejemplo, entre otras cosas). Bueno, me dije para mis adentros, busquemos una entrada pequeña y luego le damos con todo a los triglicéridos…

Así que elegí unas croquetas como entrada y una omelette de champiñones como segundo.
Las croquetas: ¡EXQUISITAS! Pequeñas, punto justo de crocante y humedad, sabor maravilloso…

Así que, una vez disfrutada la entrada, me dispuse a saborear mi omelette porque suponía que no tendría pierde… ¡Pero lastimosamente lo tuvo!

Llegó el plato y ya con solo verlo pensé (yo que soy de muy buen comer) “quizás debería no haber pedido las croquetas, esto es demasiado grande”. Y ataqué.

Convengamos que no se necesita mucha ciencia para hacer una omelette. Tampoco grandes ingredientes, ni sumas tremendas de tiempo… Al contrario, es un plato mas que simple, que lo resolvemos en casa muchas veces “con lo que tenemos”. No fue este el caso. Debe haber tenido unos 5 huevos mínimo, lo cual ya es mucho. Y luego, no tenía ni gracia, ni sabor, ni nada… Poco jugoso (mas bien seco) con solo champiñones por todos lados y unas hojas de espinaca como compañía…. Pero poco más. Y lo peor en estos casos, es que uno se da cuenta a medida que lo va comiendo, que ya está saciado y le queda aún, más de medio plato por terminar. ¡Interminable!

Un poco de orégano o curry en el batido de huevos le dan un sabor exquisito y marca una gran diferencia, pero no… Una cebolla salteada o alguna rodaja de tomate también hacen la diferencia, pero no, nada de eso… Ni hablar de algo de queso… Nada, así nomás, huevos batidos, un puñado de hongos y listo, ¡salen!

Pesados para digerir, tanto el plato como el precio: $20 dólares por la bendita omelette. Y muchas horas para digerir ambas cosas: precio y calidad. En fin, pueden pasar estas cosas en esa gran oferta gastronómica de la ciudad. Ahora bien, si la idea es apoyar a los locales a que, poco a poco, salgan de la gran crisis que está teniendo el sector, yo soy el primero en sentarme y consumir.

Pero hagamos un trato: pónganle un poquito de amor y algún ingrediente más a las opciones de brunch y prometo volver con una columna distinta la próxima. Por ahora, mi tarjeta roja sigue en alto.

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