En medio de la estridente escena teatral neoyorquina, el montaje de Trash apuesta por el silencio derivado de un elenco cuyos intérpretes principales son personas sordas. Los autores de la obra, James Caverly y Andrew Morrill, protagonizan una historia que impele a la reflexión sobre la verdadera inclusión, aquella que sucede cotidianamente y no la que viene prefabricada solo para satisfacer las pretensiones del discurso oficial.

La primera pregunta que surge ante una obra teatral como Trash es cómo montar un espectáculo donde sus personajes principales poseen capacidades auditivas diferentes a las del resto del elenco. La respuesta llega en dos niveles, el primero es muy obvio pues se recurre a los recursos ya establecidos: proyecciones con un titulaje que describe el tipo de música o sonidos que se emplean, uso de pizarras y plumones de tinta fugaz para hacer anotaciones y videos grabados con subtítulos. Mas el segundo nivel es lo que confiere a Trash un aire altamente creativo: incluye a un personaje que hace el papel de una rocola o vitrola (jukebox) mágica que ambos personajes emplean cuando desean hacerse escuchar.

Esta condición del personaje-rocola exige que este actor enuncie los diálogos de ambos actores, infundiendo y matizando cada parlamento de acuerdo con las características de los otros personajes. Al final de la historia, el enigmático aparato musical termina exhausto, con un corto circuito y a punto de ser considerado chatarra para desechar como basura, que es curiosamente lo que significa el título de la obra en inglés.
La historia es complicada a pesar de que solo hay cinco personajes. Jake (interpretado por James Caverly) y Tim (Andrew Morril) comparten un apartamento en la ciudad, pero sus características personales son diametralmente opuestas: Jake, oficinista de prolija apariencia física, mientras que Tim es desempleado y siempre está buscando la manera de estafar al sistema. Como ambos son personas sordas, su apartamento se convierte en un microcosmos donde pueden permitirse unos momentos sin las exigencies ni limitantes del mundo de los ‘audios’. Aunque en dicha burbuja no están exentos de las tareas domésticas pues tienen que limpiar, lavar y, sobre todo, vaciar el cesto de la basura.

Este detalle insignificante de la cotidianidad se convierte en el primer motor de la historia: la inicial discusión de quién debe sacar la basura, deriva en una batalla campal de division de quehaceres domésticos, de pertenencias y de aportaciones monetarias al alquiler mensual del apartamento. Esta discusión avanza como una espiral incluyendo a los otros personajes: Carly, la novia de Jake, que solo se acuesta con personas sordas porque tiende a ser escandalosa al copular; y Nicolás, el amante de Tim y casero de ambos, quien finge no poder hablar.
La propuesta del director Nathaniel P. Claridad es de acción trepidante y crea un emotivo discurso compuesto de líneas que se enuncian en lengua de señas y, casi inmediatamente, a través de la rocola… Una efectiva armonía de silencios, música y parlamentos, aderezada con una ligera ironía que propicia incómodas risas. Sin embargo, el buen humor prevalece en todo momento, incluso cuando la audiencia se vuelve partícipe de la obra, a través de una rápida votación con un par de tarjetas: roja que significa no y amarilla, sí. De este modo el público se involucra con la historia.

Pero lo que más se aprecia de Trash es que no pontifica ni aboga por los derechos de las minorías, solo retrata su realidad sin compromisos ni culpas. Y sorprende también la cantidad de personas sordas que acuden a presenciar un montaje que, por sus características, se convierte en una llamada de atención denuncia las injusticias contra este colectivo sin necesidad de alzar la voz.










